
Sin formación, ¿qué queda?
La formación continua es una condición de posibilidad para el ejercicio profesional responsable. Quien decide dejar de formarse no solo detiene su propio desarrollo: impacta, inevitablemente, en las
personas e instituciones con quienes trabaja. La escuela que necesitamos y las instituciones que queremos construir no surgirán de la repetición de lo conocido, sino de la valentía de seguir aprendiendo
y de abrirse a nuevas formas de comprender y actuar.
Como sostiene Senge (1992), las organizaciones que aprenden son aquellas capaces de adaptarse e innovar integrando el aprendizaje en su cultura cotidiana. Para que eso ocurra, quienes las integran deben tener acceso real a experiencias formativas de calidad, sostenidas por una convicción genuina: el tiempo dedicado a aprender no es tiempo perdido. Es la inversión más estratégica que un profesional y una institución pueden hacer.



